lunes 14 de diciembre de 2009

CAPITULO QUINCE

13:41 |

Me llamó mi hermana por teléfono para decirme que la vieja estaba en el 12 de Octubre. Al oírlo tuve un ataque de nervios y la lié a puñetazos con la pared y con todos los que intentaron calmarme. Acabé de nuevo en la enfermería con tres dedos rotos y un ojo morado.
Gracias a Dios mi madre salió del hospital a la semana siguiente, totalmente restablecida. Había tenido otro amago de infarto pero la habían cogido a tiempo. El Comecocos vino personalmente a la enfermería para darme la buena noticia.
-Ya está en tu casa, Charlie.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque he telefoneado a tu hermana al 12 de Octubre. Esta mañana le han dado el alta. Los médicos le han dicho que tiene que cuidarse
No pude reprimir las lágrimas. Después, avergonzado por haber llorado, fume con él un Ducados en el pequeño patio de la enfermería.
-Si me falla mi madre me muero.
-Tu madre no te fallará, no te preocupes.
-Se me acaban las fuerzas.
-Te estás reponiendo estupendamente. Ahora lo que necesitas es concentrarte en tus estudios, trabajar duro, sin tregua.
-No sé si podré.
-Pronto tendrás un bis a bis con tu madre, y quiero que te vea con buen aspecto. Radiante. Piensa que para ella es muy importante verte bien. Eres su motor, Charlie, y te necesita para seguir viviendo.
-El día de Navidad me dieron por el culo -le solté de repente al doctor, sin mirarlo a la cara. Necesitaba desahogarme, y pensé que aquel era un buen momento para hacerlo.
El Comecocos se quedó callado, después encendió otro Ducados lentamente, pensando, supongo, en qué coño podía decirme.
-No sé lo he dicho a nadie, me da una vergüenza terrible. Pero usted es doctor, ha estudiado y quizá pueda entenderme. Hasta ahora había humillado yo a los demás. Ahora me han humillado a mí.
-Es terrible, Charlie, es terrible -consiguió articular el doctor-. No sé qué decir. Odio tanto esas salvajadas.
-Sí. Es terrible.
-Lo siento, Charlie. Piensa lo mucho que te quiere tu madre, quizá eso te ayude. Aunque yo haya estudiado, Charlie, es muy complicado para mí darte un consejo. Me siento desorientado, como tú. Estas salvajadas me desbordan. ¿Si quieres denunciamos el caso? Déjalo, no me hagas caso. Sería peor denunciarlo.
-¿Puedo pedirle un favor?
-Adelante.
-Necesito quitarme los dos tatuajes que llevo en el cuerpo. Me molestan.
-Creo que no habrá problema.
-Gracias.
-Aunque quedarán las marcas.
-Mejor, así no olvidaré lo gilipollas que fui.
A la semana siguiente mi hermana Lourdes sustituyó a mi madre en la visita. Estaba como siempre. Parecía recién salida de la peluquería y, por supuesto, vestía provocativamente. Cuando la vi me entró una tristeza terrible. Me pregunté que iba a ser de ella con tanto lobo suelto.
Hablamos de muchas cosas pero no de su estancia en el trullo, ni de su trabajo, hablamos de nuestra madre, de Nando y de Julio, nuestro querido hermano pequeño. Lourdes siempre había estado loca por él.
-Cada día le pregunta que coño estaba haciendo con su vida, pero no me hacía ni puto caso. Se reía de mí imitándome, de puta madre, por cierto. Era un artista de nacimiento. Lástima que no tuviera un padre como Julio Iglesias para promocionarlo.
-No te culpes, Lourdes. Yo tampoco tenía tiempo para ayudarlo porque estaba haciendo el mamón por ahí. A veces le decía que era un hijo de puta por estar matando a mamá a disgustos. Entonces se quedaba mirándome y me preguntaba: ¿Crees que mamá esta orgullosa de que su hijo sea un puto cabeza rapada?
Lourdes sacó un pañuelo rojo del pequeño bolso, también de color rojo, y se sonó y se secó las lágrimas.
-Nosotros no somos los más indicados para sermonear. Nos tenía como una mierda. ¿Pero qué iba a hacer si su novia también estaba enganchada? Él le daba la culpa al barrio. La verdad es que de la Fortuna no han salido demasiadas personas respetables. Nando hizo bien en desaparecer. Algún día yo también lo haré. Sólo es cuestión de tiempo.
-Estoy seguro que lo conseguirás, te lo mereces, Lourdes.
-Intento hacerlo lo mejor que puedo, que no es mucho, lo sé, pero todo nos ha salido mal, Andrés.
-Eres una buena mujer, Lourdes. Tienes toda una vida por delante, no la jodas como yo. Seguro que un día aparecerá el hombre de tu vida y te querrá y respetará como te mereces.
No me creía para nada lo que le estaba diciendo, pero era lo máximo que podía hacer por ella, darle ánimos.
-Empiezo a creer que eso nunca sucederá. A veces me entra la depre y me como el coco pensando que no saldré nunca adelante, que no tengo futuro.
-No me hables de futuro. Yo soy el que no tengo futuro. Con mucha suerte saldré de aquí a los treinta años. ¿Y por eso tengo que hundirme? ¡A la puta mierda todo! Hay que salir adelante como sea. Que no puedan con nosotros, Lourdes.
-No le importamos a nadie –dijo mi hermana con una tristeza infinita.
-Le importamos a mamá, que es suficiente. Tenemos que intentar que los últimos años de vida de mamá sean tranquilos.
-Te quiero mucho, Andrés –dijo, apoyando su mano en el cristal. Luego se levantó y se alejó contoneando su perfecto culo por el estrecho pasillo.
Me quedé hundido.

jueves 22 de octubre de 2009

CAPITULO CATORCE

13:14 |

Robert vivía en una casa señorial, al principio de Arturo Soria. Era una construcción centenaria de dos pisos, de paredes de color pastel ennegrecidas por el sol, la lluvia y la polución, La rodeaba un descuidado jardín, que más que jardín, parecía una selva, y un estanque con agua verdosa de la que bebían una impresionante pareja de dobermans. La casa estaba rodeada por una tapia de unos dos metros de altura y tenía una puerta de lanzas puntiagudas oxidadas por el tiempo.
El interior del edificio estaba en consonancia con su fachada. Un amplio vestíbulo del cual arrancaba una señorial escalera de madera casi cubierta del todo por una enmohecida alfombra que ya había perdido casi todo su color. Parecía de película de terror. Su decoración era de lo más tétrico. Cuadros enormes y oscuros de personas muy serias; muebles viejos y gastados; lámparas gigantescas que colgaban de techos altos y llenos de humedad; cortinas interminables de color granate. Todo era viejísimo, y desprendía olor a humedad y a cerrado. No había ni una sola ventana abierta.
-Este es uno de los búnkers de los Hammerkins, Charlie –nos dijo Lorenzo al abrirnos la puerta-. Aquí somos invencibles.
-Aún no has visto lo mejor -dijo Cristóbal, pegándome un manotazo en la espalda-. Vas a flipar, tío.
-¿Sabes qué es un búnker, Charlie? -preguntó Lorenzo.
Yo negué con la cabeza.
-El búnker es nuestro nido, es como si estuviéramos dentro de la barriga de nuestra madre. Ahí abajo está nuestro cuartel general -dijo señalando una puerta que había debajo de la ancha escalera que subía a los pisos-. El que entra ahí ya es un cabeza rapada de por vida. Somos una gran familia, Charlie, y el que nos falla o va contra nosotros... muere.
El sótano era enorme, pintado de color negro, iluminado por largos fluorescentes. Había sofás, sillones y sillas de distinto estilo, un par de mesas rectangulares, un televisor de enormes dimensiones, torre de música, dos neveras llenas de cervezas y botellas de whisky. Las paredes estaban casi tapadas con símbolos fascistas: la bandera española cruzada con la alemana, pósters de Hitler, Mussolini, José Antonio Primo de Rivera, Franco, Blas Piñar, Jesús Gil, y el grupo musical Estirpe Imperial. Y en un rincón las calderas de la calefacción de la casa, y a un escaso metro una frase en letras blancas:

SI NO FUESEMOS SKINHEADS NO SERIAMOS NADA.

En cuanto bajamos las escaleras, Robert me gritó como un poseso.
-En esta casa ha dormido Ernst Zündel. ¿Sabes quién es Zündel? Es un tío cojonudo que ha demostrado que lo del exterminio de los judíos es un puro montaje. Y si quieres que te diga la verdad, me jode. Porque si a mí me dejaran, no quedaría un judío con cabeza. De todas formas Zündel está un poco equivocado, porque a algún judío sí mataron, digo yo.
Todos rieron. Había siete cabezas rapadas y tres skingirls entre ellos.
-Tú eres un inculto de mierda, Charlie –me escupió Javier-. No sabes nada de la mentira de este puto mundo.
-De lo único que el mundo se puede enorgullecer es de haber creado a los dioses que tenéis alrededor –siguió vociferando Robert-. Sin ellos la humanidad no hubiera salido adelante. Y faltan unos cuantos, como por ejemplo, Ramiro Ledesma, un tío cojonudo. Miguel Serrano, Jorge Ruíz Reguant. ¿Sabes que hay neonazis entre los políticos, historiadores, filósofos, abogados y jueces ilustres de este país en que tú vives? ¿Lo sabías, trozo de mierda?
No tenía ni idea de lo que era un neonazi.
-Sólo puedo combatir por lo que amo, amar sólo lo que respeto, y a lo sumo sólo respetar lo que conozco. De Mein Kampf, para ti Mi lucha, del dios Hitler.
-¡Heil Hitler! -gritó Juanjo, y todos le contestaron al unísono.
-Mis cachorros, os he reunido esta noche -empezó diciendo Robert, señalando la enorme pantalla de televisión- para un acontecimiento importante. Desgraciadamente no hemos podido acompañar a los chicos de Ultrassur por órdenes de arriba, pero estaremos con ellos desde aquí, animándolos, empujándolos hacia la victoria. Antes de que empecéis a beber, quiero oíros gritar el nombre de nuestro equipo. ¡Gritad, hijos de puta!
Todos vitoreaban el nombre del Real de Madrid varias veces.
-Ahora estáis preparados. Enciende la máquina -gritó Robert a Cristóbal.
El televisor se iluminó y apareció un campo de fútbol con miles de personas en las gradas. Los jugadores de ambos equipos estaban calentándose en el campo y se oía la voz del locutor diciendo: En esta noche fría se enfrentan en el San Mamés dos grandes equipos: el Atlétic de Bilbao y el Real Madrid. Finalizado el partido, el que gane, se llevará la Copa del Rey.
-¡Todos los vascos son unos hijos de la gran puta! -gritó Flores, que parecía el más joven del grupo.
A mí me gustaba el fútbol. Era el deporte preferido de mi barrio, ya que con sólo una insignificante pelota te pasabas la tarde entretenido sin gastar un duro.
El encuentro entre el Bilbao y el Real Madrid fue dramático. Cuando algún jugador del equipo vasco hacía una falta parecía que iban a cargarse el televisor. Se acercaban a la pantalla y escupían, le tiraban cerveza. Era increíble ver los cabezas rapadas, rojos de ira, y con la litrona en la mano, despotricando sin parar contra los vascos. Llegó un momento en que yo, sin darme cuenta, también les insultaba y maldecía. Juanjo y Lorenzo se pegaron una paliza de cojones. Tuvo que separarlos Robert a patadas.
Cuando terminó el partido con la victoria del Bilbao, todos nos sumimos en un profunda tristeza. Cada uno desapareció con su chica o su compañero, y yo me quedé solo en el salón, junto a la skingirl, que según Cristóbal, pertenecía a las Edelweiss, de la Nacional Socialista femenina.
Cristi era una chica pequeña, guapa, de dieciocho años, delgada, aunque fuerte. Llevaba el pelo corto y rubio, y vestía tejanos Fred Perrys, tirantes y unos zapatos de la marca Penny Loarfers. Tenía mucha gracia.
-¡Que putada! A todos esos vascos habría que castrarlos. ¿No eres tú el que le pegó la paliza al tío de la calle?
-Sí.
-¿Cómo te llaman?
-Charlie.
-Ese nombre no es español. ¿No eres español?
-En realidad me llamo Andrés, pero mi hermano Nando llamaba a todo el mundo Charlie, y yo me quedé con Charlie.
-Yo me llamo Cristi, de Cristina. ¿Tienes preservativos?
-No.
-Yo tengo, ¿te apetece?
-¿El qué?
Nos quedamos mirando unos segundos en silencio. De dónde coño habrá salido este pringado, debió pensar la rubia. Sabía lo que quería, pero no estaba acostumbrado a que las chicas fueran tan directas. Me había cogido desprevenido.
-¿De qué vas, tío? -me preguntó, aparentemente ofendida.
-Vamos -dije yo, intentando parecer muy macho.
Salimos del sótano, subimos al primer piso y entramos en una habitación donde había una de esas camas que están cubiertas con una especie de toldo con flecos. La decoración era de color rojo. Sólo las sábanas eran blancas y ya habían sido usadas.
-Antes de metérmela, deja que te la chupe, se te pondrá más gorda.
Me desnudó y me tumbó en la cama. Después llevó la iniciativa, lentamente, sin prisas. Lo hicimos tres veces, con una delicadeza increíble. Era delicada y suave, nada que ver con la vilencia que la caracterizaba. Hasta ese momento ninguna mujer me había hecho disfrutar tanto.

lunes 14 de septiembre de 2009

CAPITULO TRECE

14:15 |

La mañana anterior a Nochebuena mi madre me trajo unas tabletas de turrón El Almendro, y una caja de mazapanes.
-Tu padre no ha podido venir. Con las navidades tienen mucho trabajo, ya sabes, y tu hermana te manda muchos besos.
-¿Por qué no ha venido Lourdes?
-No te lo quise decir para no preocuparte, pero hace dos noches se peleó en el bar y le rompió una botella en la cabeza a un cliente. Lo del cliente se arregló en urgencias con unos puntos, pero ella va estar quince días presa. El abogado dice que hemos tenido suerte. Me ha dicho tu hermana que cuando la suelten ya no vuelve a la noche. Se va a meter a la limpieza. Ahora se gana mucho dinero. ¿Te acuerdas de la Enriqueta, la hija de Ignacio, el dependiente de la droguería? Se está haciendo rica limpiando. Hace más horas que una tonta, pero le vale la pena. Hoy en día no es como antes, ahora las que limpian son unas señoras.
Era difícil creer que mi hermana se metiera a limpiar casas de los demás. Y si lo hiciera, acabaría liada con el dueño y la echarían. Lourdes no tenía remedio, había nacido para que los hombres pagaran sus frustraciones con ella.
Aquella noche nos sirvieron una cena especial que consistía en sopa de pescado y pavo a la no sé qué. Al día siguiente era Navidad y nos dejaron a nuestro libre albedrío. Cada uno podía hacer lo que quisiera: celda, biblioteca, cantina o patio. Yo decidí pasarme el día entre la litera de mi celda y el patio, tomando el sol.
Todos parecían estar tranquilos, relajados, daba la sensación de que la Navidad nos había amansado. Pero no era así. Aquella Navidad la recordaré toda mi vida. Fue cuando me rompieron el culo.
Ocurrió a media tarde en el lavabo del patio. Allí me esperaba el trío Pimpinela. Ni siquiera pude ponerme en guardia. Fue todo muy rápido. De repente me vi en el suelo, arrodillado, con la cabeza dentro del vater. Me inmovilizaron los brazos. Cuando el Pimpinela me bajó los pantalones y los calzoncillos, el mundo se me vino abajo, y cuando sentí su miembro metiéndose en mis entrañas, lloré como nunca lo había hecho. Con el segundo violador, vomité, y con el tercero ya estaba flotando no se sabe dónde.
Terminé sentado en el suelo, sobre un charco de mi propia sangre, apoyado en el inodoro. Me faltaba el aire, y seguía llorando como un crío lleno de rabia e impotencia.
-La primera vez duele, pero te irás acostumbrando, Alain Delon. Incluso te va a llegar a gustar -me dijo el Pimpinela, con la mejor de sus sonrisas, antes de marcharse con sus amigos.
No podía creer lo que me había pasado. Con un rollo de papel higiénico limpié toda la sangre del suelo y en el lavabo intenté quitarme la que manchaba mis pantalones, aunque quedó una mancha oscura. Estaba tan avergonzado de lo sucedido que no podía mirarme al espejo y dejar de llorar. Creo que fue el primer momento que me sentí solo de verdad. Y aún tuve suerte de que nadie entrara en los lavabos en aquellos momentos. No sé qué habría pasado.
No se lo dije a nadie. Ni siquiera a Carnera, a quien lo consideraba mi amigo. Necesitaba tiempo para pensar en lo que me habían hecho. Y los hijos de puta no eran negros, ni moros, ni gitanos, eran blancos como la leche.
El día que me desvirgaron me pasé toda la noche pensando en aquel negro bajo la lluvia y los truenos. Por qué coño me pasa esto a mí, debía pensar el pobre cuando me vio aparecer. Y allí estaba yo, el hijo de puta más grande. ¿Qué debió pensar de mí antes de que le dejara sin sentido? A lo mejor se creyó que era un pijo niño de papá. Un niñato que se aburre y sale a cazar negros para entretenerse. En aquel momento era yo el que me preguntaba por qué me había pasado aquello a mí. Al más duro hijoputa cabeza rapada que había existido.
Cuando vi las primeras luces del amanecer, incomprensiblemente había aceptado la violación como un castigo más y eso me salvó de colgarme de los barrotes.

domingo 23 de agosto de 2009

CAPITULO DOCE

14:37 |

Después de aquella fabulosa fiesta donde corrió la cerveza a litros, vinieron otras iguales, con la única diferencia de que el grupo de música cambiaba. Al final acabábamos borrachos y siempre subía alguien al escenario para recordarnos que éramos los soldados elegidos para la Guerra Santa.
Una semana después de conocer a Robert, me pelé la cabeza, me compré una cazadora bomber y unas botas militares Doc Martens, que molaban un montón, con el dinero que pude sacarle a mi madre y a mi hermana. Luego Cristóbal me llevó a un tétrico lugar en el que me cosieron una esvástica como la suya en el interior de la cazadora.
-Ahora sólo te faltan los tatuajes para que seas de los nuestros -me dijo Cristóbal.
Un gordo baboso tatuó la segunda esvástica en mi hombro derecho, y un águila en el izquierdo. Daba saltos de alegría. Me creía un superhombre, invencible y guerrero.
-Tú vida ya tiene sentido, hijoputa. Ahora tienes que demostrar que eres un soldado -dijo empujándome Robert, la segunda vez que le vi-. No nos falles, porque te cortaremos los huevos.
-Es de los nuestros, tío -se apresuró a aclarar Cristóbal, que parecía estar obsesionado conmigo.
-Si tienes alguna duda de mis cojones, sólo tienes que pedirme algo -le dije, dispuesto a hacer cualquier cosa para ganarme la amistad de aquella especie de líder.
Él me miró unos segundos en silencio, sonrió enseñando sus relucientes dientes blancos, me puso el brazo sobre los hombros y dijo:
-¿De verdad quieres demostrarme que tienes los cojones bien puestos?
-Ponme a prueba y saldrás de dudas.
-Te voy a dar la oportunidad, hijoputa. ¡A las ventanas, cachorros! -gritó empujándome de mala manera.
En un momento, los quince o veinte que éramos, estuvimos mirando a través de los grandes ventanales. El viejo campo de baloncesto quedó en silencio. Debían ser aproximadamente las doce de la noche, y por la ancha calle no pasaba nadie.
-Al próximo hijoputa que pase por la acera de enfrente le das caña -me dijo Robert, sin dejar de sonreír y señalando la puerta de salida.
Sin pensármelo salí a la calle convencido de que no pasaba nada por pegarle a un tipo un par de puñetazos y unas cuantas patadas.
No recuerdo la cara del desgraciado a quien le tocó la china porque la calle estaba mal iluminada. Lo que recuerdo es que era bajo, y parecía de mi misma edad.
Antes de cortarle el paso, miré hacia los ventanales y vi a todos expectantes. Después me acerqué al de la mala suerte y, sin previo aviso, le solté mi izquierda, sin demasiada fuerza, en plena frente, pensando en no hacerle mucho daño. Luego, sin saber muy bien lo que hacía y por qué, le di cuatro o cinco patadas, también sin demasiada fuerza, en el estómago hasta que dejó de moverse. El último recuerdo que tengo de aquella escena es un montón de libros esparcidos por el suelo. Muchas veces he pensado que quizá fuera un estudiante que volvía a su casa.
Dos compañeros salieron pitando del local, metieron a la víctima en un coche y se lo llevaron para dejarlo lejos de allí. No había que dejar pruebas, supuse al verlos alejarse en un coche.
Cuando regresé al campo de baloncesto todos me felicitaron y las chicas me besaron. Me sentí un héroe.
-Eres un jodido hijoputa, Charlie -se dignó decirme Robert. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre-. Vas a ser un jodido soldado. Mañana estás invitado a mi bunker. El maricón de Cristóbal te llevará.

viernes 24 de julio de 2009

CAPITULO ONCE

02:43 |

A las siete y media de la mañana nos despertábamos y nos contaban, después nos mandaban limpiar la celda. A las ocho desayunamos y salíamos al patio. A las nueve, los que pasaban de todo, seguían en el patio matando el tiempo o hablando de las fechorías que harían cuando salieran, y los que estábamos desesperados y aún no lo dábamos todo por perdido, nos íbamos a los talleres o a la escuela hasta las doce y media, que era cuando salíamos al patio o íbamos a las celdas. A la una se almorzaba, y hasta las dos nos dejaban estar en el economato tomando café. A las dos y media nos volvían a contar antes de entrar en la celda. A las cinco cada uno volvía al lugar que había elegido. A las seis y media, los que trabajábamos, salíamos al patio hasta las ocho, hora de cenar. Llenos los estómagos, volvíamos al patio o a las celdas hasta las nueve. Yo no cenaba y aprovechaba para entrenar con Carnera hasta las nueve, cuando nos volvían a contar antes de meternos en nuestras celdas por última vez. Así era un día en la cárcel.
En mi celda, de tres por dos metros, había una litera, y mi segundo compañero se llamaba Bernardo, un tipo de cuarenta y tres años que llevaba en el trullo ocho por matar a un cajero en un robo, que casualmente tenía un familiar juez. Al hombre, de cincuenta años, con esposa y tres hijos, le metió en el cuerpo todo un cargador.
-Lo teníamos bien planeado. Una sucursal de las afueras de Málaga, un viernes de final de mes con el dinero de la nómina de una fábrica de congelados. El banco en una calle muy poco transitada con cinco malditos empleados. Estaba todo a nuestro favor. ¡Y el hijoputa del cajero se hace el valiente! Me dio tanta rabia el desgraciado, que tuve que vaciarle el cargador. No tuve más remedio, tío. Les dije que no se movieran, que no pasaría nada, y va el hijoputa y toca la alarma. ¿No había para pegarle un tiro? ¡No jodas, Charlie! Es que hay gente que está tocada. No te dicen que no te muevas, coño, ¡pues no te muevas, joder! Y para colmo, el juez que me tocó era su tío. ¿Se puede tener peor suerte?
Bernardo había nacido en Valladolid y se había criado en Málaga. Se pasaba el día en el patio haciendo pesas. Cuidar de su físico era lo más importante para él. Tenía un cuerpo perfecto, sin un centímetro de grasa, pero su cara era vulgar, aunque no fea. No tenía personalidad y se adaptaba a todo.
-Soy un tipo con potra, Charlie. Estos años me han pasado volando. Tenía treinta y tres cuando me engancharon, ahora tengo cuarenta y uno y me siento mejor que antes. Estoy más que preparado para mi primer permiso. ¿Tengo potra o no tengo potra?
-Potra, ¿de qué? -le preguntaba yo, pensando que era un imbécil.
-Ahí fuera las cosas van mal, tienes que estar preparado.
-¿Y tú te has preparado aquí? ¡Vete a la mierda!
-Creo que sí que estoy preparado, Charlie. En Málaga me espera mi familia, tío, y eso es lo más importante. El cómo haya pasado estos diez últimos años es igual. Sólo te diré una cosa, Charlie, no lo he pasado del todo mal, aunque te parezca extraño. Aquí el truco es adaptarte, olvidar que estás encerrado.
Bernardo iba de macho, se masturbaba cada noche mirando fotografías de tías en pelotas. Su conversación favorita eran las mujeres. En las duchas había roto la cara a más de una señorita por insinuársele.
Aunque en los talleres se podían hacer cosas, las duchas era el escenario preferido de los maricones. Al principio alucinaba viendo a dos tíos dándose por el culo o mamándosela mientras yo me lavaba. Fue algo que me costó mucho asimilar, pero con el paso del tiempo llegué a acostumbrarme. Estoy hablando de presos con muchos años de condena. Normalmente, los que llevan poco tiempo rechazan esas cosas. Robert hubiera disfrutado con tanto maricón. A más de uno le habría roto los dientes con las botas y le habría metido el jabón por el culo.
Antes de entrar en la cárcel, siempre había visto en las películas a algún que otro maricón dándole por el culo al preso de turno, pero cuando a mí me encerraron nadie se metió conmigo. Quizá porque era un cabeza rapada y había matado a un negro a puñaladas y me tenían miedo. No lo sé, aunque dudo que fueran esas razones, ya que en aquel pozo había tíos que se habían cargado a más de una familia entera. Lo cierto es que nadie se insinuó. Pero fue distinto cuando me creció el pelo y mi aspecto cambió totalmente, para convertirme de nuevo en aquel chico guapo que se llevaba de calle a todas las periquitas del barrio La Fortuna. A partir de entonces las cosas fueron diferentes. Me quedaba mirando en el espejo de mi celda, preguntándome por qué coño un día me había rapado la cabeza.
-Estás para comerte, tío -me empezó a piropear El Pimpinela, una mala bestia de mi misma estatura-. Me recuerdas a Alain Delon, bicho, que eres un bicho..
-Cuidado con esos hijos de puta -me advirtió Carnera.
El Pimpinela siempre iba acompañado por dos tipos de su mismo tamaño e inteligencia, que era comparable a la de un chimpancé. Se llamaban Eloísa y La Lirios, y su entretenimiento habitual era amargar la existencia de más de uno. Los tres eran carne de presidio, como se suele decir en las películas americanas, y los tres eran una fuente inagotable de investigación para los psiquiatras. El Pimpinela había matado a sus padres con una catana porque no le dejaban salir por la noche; Eloísa le había clavado un destornillador cuarenta y dos veces a su novio porque le puso los cuernos; y La Lirios le había cortado el cuello a un cliente desaprensivo que no quiso pagarle sus servicios.
A parte del trío Pimpinela, en la 3ª galería había varios grupos más de homosexuales nada conflictivos, que hacían su vida sin preocuparse de los demás. También existían las señoritas, que te la mamaban o se la dejaban meter por una pequeña cantidad o una cajetilla de tabaco.
Aquellos piropos del Pimpinela no me preocuparon demasiado. Lo mío era la violencia, había crecido con ella, y disfrutaba ejerciéndola. Partía de la base de que a un tío, por muy grande que sea, te lo cargas con una patada en los huevos. Pero subestimé al trío Pimpinela.

jueves 25 de junio de 2009

CAPITULO DIEZ

02:33 |

Los días grises siempre me han gustado. La mayoría de la gente los odia, pero a mí me gustan. Me sentaba junto a la ventana de la biblioteca y me daba por recordar los días de lluvia que habían pasado por mi vida.
Cuando era niño me quedaba embobado mirando la lluvia. Un día, debía de tener los diez años, me decidí besar a la Pepi, la hija de la Canaria, la que vendía tabaco en los futbolines. Aquella tarde llovía mucho y yo la esperé en el portal de su casa. Cuando entró la cogí de la mano y me la llevé detrás de la puerta. Allí la besé en los labios.
-No se lo digas a nadie –me dijo antes de correr escaleras arriba.
Me sentí el chico más feliz del mundo. Luego no pasó nada, pero aquel beso no se me olvidará nunca.
No sé por qué, pero en mi memoria tengo muchos días de lluvia. Otras cosas las olvido, pero esos días no. Recuerdo uno en la feria, en la pista de coches de choque, esperando al Cerillas y a Ceferino. Llovía a cántaros, y yo los esperé una hora sentado en un coche de choque parado, en la pista desierta. No se presentaron porque encontraron a dos periquitas y pasaron de mí. Otro día en casa, cuando ayudé a mi padre a arreglar la antena de televisión que había tirado el viento. Nos calamos hasta los huesos. Siempre que llovía, había problemas en casa.
-Tienes que decirle a la cabrones del Ayuntamiento que nos arreglen el terrado -le gritaba mi padre a mi madre-. No sé como no les da vergüenza construir pisos de cartón-piedra. Si es que en este país no se puede ser pobre.
En eso era lo único en que tenía razón el viejo. Vivíamos en el último piso, y cuando llovía, el agua se estancaba en el terrado. Mi pobre madre tenía que colocar estratégicamente algún cubo y palanganas. Y cuando los había colocado, empezaba el concierto de las gotas. Era muy divertido, sobre todo cuando uno es pequeño.
Yo me metía en la cama y me arropaba, y soñaba que estaba en la guerra y que tenía que refugiarme por la lluvia en una casita en ruinas. Allí, junto al fuego, encontraba a una bella chica, como ésas que anuncian perfumes franceses en la tele. Fumábamos un cigarrillo y nos contábamos nuestras vidas, hasta que acabábamos haciendo el amor junto a las ascuas, sobre una manta del ejército.
A mi padre le cabreaba que lloviera; a mi hermana la ponía de mala leche; a mi madre la entristecía; a mi hermano Julio le aburría; y a Nando le molestaba porque no le gustaba mojarse el pelo. Yo era el único que la disfrutaba.
-Tengo un hijo imbécil a quien le gusta la lluvia –se mofaba mi padre.
En la cárcel, veía la lluvia de otra manera, como si no lloviera para los que estábamos encerrados. Me daba la sensación de que sólo llovía fuera de aquellos muros, para los que eran libres. Igual que el sol, que allí dentro era distinto, calentaba de otra manera, aunque parezca extraño. Muchos creerán que estoy loco. Puede que sí, pero lo que digo es cierto.
-El Rioja se debe beber en una buena copa de cristal fino –me aconsejaba el Pater-. Es un crimen beberlo en un vaso normal y corriente. Sabe distinto.
Al principio no lo entendí, pero el cura tenía razón. Un buen vino en una buena copa, disfrutar de la lluvia en libertad. La lluvia, el sol, se tienen que disfrutar en libertad, de lo contrario no son lo mismo. En el trullo todo es diferente, o al menos eso parece.
Recuerdo otro día de lluvia, cuando conocí a Robert.


Después de lo del Cocacola estuve escondido varios días en mi casa con la excusa de tener la gripe. Me salvé porque nadie, excepto Victorino, sabía mi dirección. Y este último no dio señales de vida. En cambio mi pobre madre, intuyendo cosas malas, no dejó de recriminarme mi mal comportamiento.
-Tienes que buscar un trabajo, niño.
-¿Cómo el de mi hermana en un club de carretera?
En aquellos días no era consciente del daño que le hacía a mi madre con mis maliciosos comentarios.
-Eres muy desagradable, Andrés. Tu hermana es una buena chica y me ha jurado que no hace nada malo sirviendo copas.
Julio también me daba la paliza, ya que dormíamos en la misma habitación.
-No me vengas con tus historias, Julio –le gritaba yo, después de que se quejara de que el viejo no le daba dinero-. Si no quieres estudiar búscate un trabajo y gana pelas para drogarte. Y por favor, deja de sacarle la guita a mamá. Ten compasión de la vieja.
-¿Por qué no buscas tú el curro en lugar de darme tanto la vara?
Tenía razón mi puto hermano pequeño.
El quinto día de reclusión forzada amaneció lloviendo y Cristóbal me llamó por teléfono para invitarme a una fiesta que organizaban los suyos.
-Quiero que conozcas a mi auténtica familia que, si tú quieres, puede ser la tuya. Somos una piña, Charlie. Ya les he hablado de ti y tienen ganas de conocerte, sobre todo las camaradas. Te paso a recoger a las nueve.
A las nueve en punto se presentó en mi casa con tres tipos rapados como él, conduciendo un Citroen de color negro.
-Sólo te faltaba ir con pelaos -me dijo mi padre, cuando los vio por la ventana-. Seguro que esos no mojan, por eso van con esas pintas. Si es que, por muchas vueltas que le des, todo está relacionado con el sexo.
Era la primera fiesta que iba en mi vida, y se celebraba en el viejo campo de baloncesto cubierto del Patronato Obrero. Y la verdad es que quedé entusiasmado, además de desorientado.
No tenía nada a que agarrarme, ya ni siquiera iba a ser boxeador. Mi hermano Nando seguía sin dar señales de vida, mi hermano Julio estaba metido en la droga, y mi hermana Lourdes trabajaba en un puti-club de la carretera de Burgos.
-Mamá, sólo voy a servir copas a señores muy ricos y respetables. Ahora está de moda que las mujeres hablen con los clientes -le dijo a mis viejos la primera noche de trabajo-. Pensad que hay mucho marido aburrido que necesita desahogarse con alguien. Y para eso estamos nosotras. Incluso tenemos que saber hablar de todo un poco. ¿Por qué creéis que leo el periódico hace una semana? Para saber de qué hablar. Para estar al día, vamos.
-No quiero saber nada, no me importa en absoluto lo que haga tu hija –gritó el viejo-. Lo único que yo quiero es que alquilé un apartamento con el dinero que gane en ese bar, para empezar su propia vida, que ya va siendo hora. Yo, a su edad, ya estaba hasta los cojones de trabajar.
En aquella fiesta, en la que actuaba un grupo llamado División 250, encontré compañerismo. Muchos querían hablar conmigo y me daban fuertes golpes en la espalda. Las chicas eran simpatiquísimas, y me decían cosas como Cristóbal nos ha dicho que tienes los cojones bien puestos; la peña necesita tipos como tú; aquí encontrarás a tu auténtica familia; somos más que hermanos; tú encajarás de puta madre entre nosotros; salimos de la misma mierda. Por primera vez en mi vida me sentí importante.
Cuando todos estábamos bastante bebidos por culpa de litros de cerveza, apareció un grupo más de cabezas rapadas, rodeando a un tío de unos treinta años, delgado, alto, fuerte, con cara de mala leche, al que todos saludaban efusivamente levantando el brazo derecho y extendiendo la mano al tiempo que gritaban: ¡Heil Hitler!
El tipo se llamaba Robert, vestía tejanos y chupa y llevaba la cara de un tal Rudolf Hess en su camiseta. El grupo se integró en la fiesta, y en un momento dado, entre vítores y gritos de locura, Robert subió al escenario y nos habló con violencia.
-Muchos de vosotros decís que soy el nuevo líder mesiánico, y yo os lo agradezco de corazón. Pero tengo que reconocer que no soy más que un simple alumno de nuestro dios Hitler. Un simple alumno que lleva a sus cachorros por el buen camino, por el camino limpio, por el camino que merecéis. Y si hay que limpiar ese camino, ¡que hay que limpiarlo!, se limpiará por vosotros, por vuestras familias, por vuestros hijos. Nosotros luchamos por una España libre, soberana y blanca, y odiamos a los negros, a los moros, a los gitanos, a los judíos, a los sudacas, y a los maricones. Todos deberían ser metidos en hornos crematorios hasta que quedaran sólo sus cenizas. Hay que llegar a la exterminación de las razas inferiores, para que nuestra raza, la suprema, prevalezca por los siglos de los siglos. Nuestros compañeros de otras ciudades luchan como nosotros, y esperan el gran momento. Compañeros de Vanguardia Nacional, Skins Barna, Brigadas Blanquiazules, Boixos Nois, BB AA, Ultrassur, NNM, Blood & Honour, AUN y sobre todo nosotros, los Hammerskin, la guerra continua. Escuchadme bien, cachorros nazis, el gran momento de las nuevas juventudes españolas está a la vuelta de la esquina. Todos nos estamos preparando. En Europa, en América, en Rusia, nuestros compañeros esperan la señal para movilizarse. El resurgimiento del nacionalismo europeo es un hecho. ¿Y sabéis lo que significa eso? Que los partidos nacionalsocialistas vuelven al poder. Ahí está Le Pen, en Francia, con el Frente Nacional. Amigos, estamos ante un hecho histórico que tenemos el orgullo de vivir. Ha llegado nuestro momento. ¡Heil Hitler!
Eran impresionantes los gritos que emitían aquellos desesperados oyendo a su líder. Por mi parte, a pesar de que no había entendido nada, quise creérmelo todo. Quedé impresionadísimo con aquel mamarracho que gritaba y echaba espuma por la boca. Poco después tuve el honor de que me lo presentaran.
-Ahora eres un mierda -me dijo directamente, mirándome a los ojos, como una fiera a punto de saltar sobre mí-, pero quizás puedas llegar a ser un buen soldado. Bienvenido a la familia.
Aluciné por un tubo con Robert, que parecía una puta estrella de rock.

domingo 7 de junio de 2009

CAPITULO NUEVE

10:17 |

El boxeo se convirtió en mi pasión, en una forma de vida. Entonces apareció Cristóbal. Metro ochenta como yo, con cara de buenazo y chulo. Llevaba la cabeza rapada y vestía de negro, con chupa de piel y con una esvástica en el forro que sólo enseñaba a sus amigos.
En aquel tiempo yo no sabía lo que era una esvástica. Ni siquiera sabía en qué año se había producido la Segunda Guerra Mundial. Y a Hitler lo había visto en alguna que otra película. En cuanto a los judíos, tenía muy pocas referencias.
Cristóbal fue el primero que me dijo en lo que debía creer. Yo lo había visto de vez en cuando en el gimnasio y me hacía gracia con su cabeza rapada y sus botas de militar. Todos se reían de él a sus espaldas.
-No dejas ni uno en pie, tienes madera de campeón –me dijo una noche en las duchas del gimnasio-. La otra noche fue una pasada verte acabar con el negrata, la lástima es que no la palmó el hijoputa. El boxeo es lo tuyo, tío. Te invito a unas birras para celebrarlo. ¿Aceptas, compañero?
Sin saber por qué acepté que aquel gordito me llevara a un barucho ubicado en un sótano a dos manzanas del gimnasio. Allí lo esperaba Pidemás, un compañero suyo con la misma pinta, aunque mucho más delgado y menos hablador, porque Cristóbal no dejaba de hablar. Lo hacía con pasión, como si la vida le fuera en ello. Me pareció un buen tío. Lo vi desde el principio. Cuando terminó de contarme tonterías, empezó a hablarme de Hitler.
-Hitler era un tío como tú, con dos cojones. Eliminó a los judíos porque sabía que eran una amenaza para la humanidad. Y la prueba está en que los que quedaron se reprodujeron como ratas y ahora dominan medio mundo. Hitler sabía lo que se hacía. Te voy a dejar un libro que escribió el mismísimo él y que es la leche.- Saco del bolsillo de su chupa un pequeño libro muy manoseado y me lo dio-. Mi lucha, y esta traducido al castellano por MIguel Serrano, el poeta de los cabezas rapadas. Este libro te abrirá los ojos y encontrarás el significado de la vida.
-Como dice Cristóbal, el libro es cojonudo –siguió Pidemás-. Mírame a mí. No hace ni un año que salí del Hogar de la infancia. Me tiraron a la calle sin familia, sin amigos, y gracias a Dios me encontré por casualidad con Lorenzo, otro compañero, que me invitó a un concierto. Ahora soy feliz por primera vez en mi vida y tengo familia y amigos.
Cristóbal sólo venía a entrenar, nunca hacía guantes ni participaba en ningún combate. Se tiraba una hora golpeando el saco como un desesperado, y cuando alguien le pedía para hacer guantes, siempre daba excusas. El rapado no caía bien a nadie. Ni siquiera a Cipriano II, que no dejaba de señalarle la puerta para que se largara.
-Aquí no quiero que le comas el coco a nadie, ¿me entiendes? Aquí se viene a entrenar, no a hacer política barata.
-Tranquilo, viejo, estamos en un país libre.
-La próxima vez que me llames viejo voy a decirle a mis muchachos que hagan guantes contigo, ¿entendido?
Pero Cristóbal seguía pegándole al saco y comiéndome el tarro.
-Charlie, tú eres distinto a estos comemierdas. Eres grande, tío. Grande y puro como un cabeza rapada.
Y yo cada vez lo creía más. O necesitaba creerlo, no lo sé. Me recordaba mucho a mi hermano. No en el físico, sino en su forma de ser, de hablar y moverse.
Cristóbal odiaba a los gitanos. Muchas veces, cuando el Cocacola, un gitano de unos veinte años que trabajaba de repartidor de Coca-Cola y que era la promesa más firme de Cipriano II entrenaba, Cristóbal soltaba discursos en contra la raza gitana.
-Habría que echarlos a todos de España. Huelen mal, no les gusta trabajar y ahora están envenenando el país con la droga. Pero por mucho Mercedes que conduzcan y ganen psta les delata el color oscuro de su piel y el olor que desprenden.
El Cocacola se limitaba a callar y hacerse el sordo, hasta que Cristóbal dijo que todas las gitanas eran como conejas y que lo único que hacían era parir ladrones y traficantes. Aquella misma noche, a la salida del gimnasio, lo espera el gitano con el Chato de Algeciras, una mala bestia que no se andaba con bromas.
-¿Has dicho que las gitanas son como conejas? -le dijo el Cocacola, con los puños cerrados y la inconsciencia gitana en la mirada.
A Cristóbal le faltó poco para cagarse en los pantalones delante de aquellos dos pegadores natos.
-Yo lo he oído perfectamente. Ha dicho que eran unas conejas que sólo parían traficantes de droga –añadió el Chato de Algeciras-. ¿No lo has dicho así, rapado cagón?
Cristóbal estaba blanco como las paredes del portal, parecía que se iba a desmayar.
-Vamos a dejarlo -dije yo, que acompañaba a Cristóbal.
-Tú no te metas, Charlie -me amenazó el Chato de Algeciras-, la cosa no va contigo.
-Levanta los puños porque voy a empezar a pegarte -le amenazó el Cocacola, retrocediendo un paso y poniéndose en guardia.
-¡Reviéntale la cara, Manuel! -le animó su compañero.
Cristóbal intentó escapar, pero el Chato de Algeciras lo cogió por la espalda y el Cocacola empezó a pegarle en la cara como una metralleta. Yo intenté separarlos, y lo que gané fue un golpe del gitano en la boca. Entonces me cabreé y, sin saber porqué, defendí a Cristóbal.
Con rápidos y certeros golpes, pude desembarazarme del gitano, pero el Chato de Algeciras me cogió desprevenido y me colocó un directo que me hizo visitar las nubes. Pero como buen encajador que soy, no deje de cubrirme mientras recibía golpes sin parar, esperando mi momento. El Chato de Algeciras daba miedo, pero era un saco de músculo sin cerebro, por eso, no fue difícil quitármelo de encima con un buen gancho.
Cuando los dos contrincantes estaban tocados, Cristóbal, que se había escondido en el hueco de la escalera, entró en acción, gritando como un loco y pegando patadas al inconsciente Cocacola, que estaba en el suelo. En ese momento salieron todos los boxeadores del gimnasio.
-Han sido estos dos hijos de puta -gritó el Chato de Algeciras, señalándonos.
Todos nos miraron dispuestos a lincharnos y después preguntarnos.
-¡Corre! -le dije a Cristóbal.
Salimos como balas del portal. Nos salvamos por los pelos. A la mañana siguiente leí en el periódico que una joven promesa del boxeo había recibido una brutal paliza por un grupo de cabezas rapadas. No volví al gimnasio y mi carrera como promesa del boxeo se fue al garete.