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Me llamó mi hermana por teléfono para decirme que la vieja estaba en el 12 de Octubre. Al oírlo tuve un ataque de nervios y la lié a puñetazos con la pared y con todos los que intentaron calmarme. Acabé de nuevo en la enfermería con tres dedos rotos y un ojo morado.
Gracias a Dios mi madre salió del hospital a la semana siguiente, totalmente restablecida. Había tenido otro amago de infarto pero la habían cogido a tiempo. El Comecocos vino personalmente a la enfermería para darme la buena noticia.
-Ya está en tu casa, Charlie.
-¿Cómo lo sabe?
-Porque he telefoneado a tu hermana al 12 de Octubre. Esta mañana le han dado el alta. Los médicos le han dicho que tiene que cuidarse
No pude reprimir las lágrimas. Después, avergonzado por haber llorado, fume con él un Ducados en el pequeño patio de la enfermería.
-Si me falla mi madre me muero.
-Tu madre no te fallará, no te preocupes.
-Se me acaban las fuerzas.
-Te estás reponiendo estupendamente. Ahora lo que necesitas es concentrarte en tus estudios, trabajar duro, sin tregua.
-No sé si podré.
-Pronto tendrás un bis a bis con tu madre, y quiero que te vea con buen aspecto. Radiante. Piensa que para ella es muy importante verte bien. Eres su motor, Charlie, y te necesita para seguir viviendo.
-El día de Navidad me dieron por el culo -le solté de repente al doctor, sin mirarlo a la cara. Necesitaba desahogarme, y pensé que aquel era un buen momento para hacerlo.
El Comecocos se quedó callado, después encendió otro Ducados lentamente, pensando, supongo, en qué coño podía decirme.
-No sé lo he dicho a nadie, me da una vergüenza terrible. Pero usted es doctor, ha estudiado y quizá pueda entenderme. Hasta ahora había humillado yo a los demás. Ahora me han humillado a mí.
-Es terrible, Charlie, es terrible -consiguió articular el doctor-. No sé qué decir. Odio tanto esas salvajadas.
-Sí. Es terrible.
-Lo siento, Charlie. Piensa lo mucho que te quiere tu madre, quizá eso te ayude. Aunque yo haya estudiado, Charlie, es muy complicado para mí darte un consejo. Me siento desorientado, como tú. Estas salvajadas me desbordan. ¿Si quieres denunciamos el caso? Déjalo, no me hagas caso. Sería peor denunciarlo.
-¿Puedo pedirle un favor?
-Adelante.
-Necesito quitarme los dos tatuajes que llevo en el cuerpo. Me molestan.
-Creo que no habrá problema.
-Gracias.
-Aunque quedarán las marcas.
-Mejor, así no olvidaré lo gilipollas que fui.
A la semana siguiente mi hermana Lourdes sustituyó a mi madre en la visita. Estaba como siempre. Parecía recién salida de la peluquería y, por supuesto, vestía provocativamente. Cuando la vi me entró una tristeza terrible. Me pregunté que iba a ser de ella con tanto lobo suelto.
Hablamos de muchas cosas pero no de su estancia en el trullo, ni de su trabajo, hablamos de nuestra madre, de Nando y de Julio, nuestro querido hermano pequeño. Lourdes siempre había estado loca por él.
-Cada día le pregunta que coño estaba haciendo con su vida, pero no me hacía ni puto caso. Se reía de mí imitándome, de puta madre, por cierto. Era un artista de nacimiento. Lástima que no tuviera un padre como Julio Iglesias para promocionarlo.
-No te culpes, Lourdes. Yo tampoco tenía tiempo para ayudarlo porque estaba haciendo el mamón por ahí. A veces le decía que era un hijo de puta por estar matando a mamá a disgustos. Entonces se quedaba mirándome y me preguntaba: ¿Crees que mamá esta orgullosa de que su hijo sea un puto cabeza rapada?
Lourdes sacó un pañuelo rojo del pequeño bolso, también de color rojo, y se sonó y se secó las lágrimas.
-Nosotros no somos los más indicados para sermonear. Nos tenía como una mierda. ¿Pero qué iba a hacer si su novia también estaba enganchada? Él le daba la culpa al barrio. La verdad es que de la Fortuna no han salido demasiadas personas respetables. Nando hizo bien en desaparecer. Algún día yo también lo haré. Sólo es cuestión de tiempo.
-Estoy seguro que lo conseguirás, te lo mereces, Lourdes.
-Intento hacerlo lo mejor que puedo, que no es mucho, lo sé, pero todo nos ha salido mal, Andrés.
-Eres una buena mujer, Lourdes. Tienes toda una vida por delante, no la jodas como yo. Seguro que un día aparecerá el hombre de tu vida y te querrá y respetará como te mereces.
No me creía para nada lo que le estaba diciendo, pero era lo máximo que podía hacer por ella, darle ánimos.
-Empiezo a creer que eso nunca sucederá. A veces me entra la depre y me como el coco pensando que no saldré nunca adelante, que no tengo futuro.
-No me hables de futuro. Yo soy el que no tengo futuro. Con mucha suerte saldré de aquí a los treinta años. ¿Y por eso tengo que hundirme? ¡A la puta mierda todo! Hay que salir adelante como sea. Que no puedan con nosotros, Lourdes.
-No le importamos a nadie –dijo mi hermana con una tristeza infinita.
-Le importamos a mamá, que es suficiente. Tenemos que intentar que los últimos años de vida de mamá sean tranquilos.
-Te quiero mucho, Andrés –dijo, apoyando su mano en el cristal. Luego se levantó y se alejó contoneando su perfecto culo por el estrecho pasillo.
Me quedé hundido.